EL RECETARIO

27
ABRIL
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LA CHICHARRONA
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Todos los que hoy podemos decir que estamos vivos en esta y también la otra parte del planeta, cuando nos llegue la hora del viaje final y nos toque presentarnos en el otro mundo, a lo mejor le contaremos a quien allí nos reciba, que venimos de una especie que fue capaz de inventar desde una simple aguja hasta el cohete que nos llevó a la luna. De seguro le contaremos que esos mismos ojos que en ese momento serán manjar de la tierra, nos volvieron testigos de tan grandes inventos que le costarán trabajo imaginarlos a quien allí nos esté escuchando, o ¿cómo explicarías tú la energía nuclear, la coca cola, la pizza con piña, el surf y los rollos de sushi, a quien descanso el domingo porque creyó haberlo inventado todo?

Son muchos los buenos inventos que cualquier persona del mundo podría nombrar para ser reconocido así sea en el mérito ajeno. Pero hay un invento especial, y Made in Colombia, que carga con la misma importancia que llevan a cuestas los más grandes inventos de toda la historia de nuestra humanidad, pues esta invención criolla, de donde hoy nace esta crónica, fácilmente podría ser comparada con las inmensas flotillas de esos pesados barcos que flotan en el agua sin hundirse, o con esos veloces aviones que recorren kilómetros sin tocar el suelo, como bailando dentro de un cardumen de latas que atraviesan las nubes en épocas de fiestas patrias o de guerra. Es un invento criollo capaz de diferenciarnos a los colombianos del resto del mundo inclusive en el más allá, y que brilla por la genialidad de la simpleza con la que fue concebida; pues al creador solamente le bastó con unir dos deliciosos inventos que ya antes habían sido inventados: la mogolla y el chicharrón, para darle vida a una de las más grandes delicias de las que hoy podemos disfrutar quienes pisamos suelo colombiano. Hoy el homenaje es para LA CHICHARRONA, la oriunda de Tabio Cundinamarca, una genialidad de pura cepa que a primera vista se suele creer que es una simple mogolla con pedacitos de chicharrón, y sí, así lo es, pero es una mogolla que una vez la pruebas, te sentencias a que tus futuros antojos por ella aparezcan desde lo más profundo de tu corazón.

Fue una tarde de jueves donde conocí la mejor chicharrona que hasta hoy me he comido y la vine a encontrar en una panadería del sur de Bogotá. Fue un aguacero el que me hizo entrar a esa panadería en busca de un refugio para escampar. Me recibió el murmullo de todas las conversaciones que allí también escampaba acompañado de un caluroso perfume a Pan fresco, que es para mí, uno de los mejores olores de la vida junto al rocío de la alborada. Acerqué una silla y tomé asiento en la única mesa desocupada. Una chica escondida detrás de un gran tapabocas me saludo mientras sus ojos me sonrieron. Me pasó la carta de la panadería la cuál empezaba con desayunos, pero ya era la hora de las onces así que la cerré y preferí buscar en ella un buen consejo para acompañar un tinto que ya había decidido pedir; a ella no le bastó ni medio segundo para recomendarme ese pan culpable de tan rico olor que inundaba la sala en la que estábamos, diciéndome “la chicharrona acabó de salir” y aspiró el ambiente como haciéndome una invitación a oler. Fue en ese momento donde sentí que ese aguacero que moja esta historia fue el arma de la que el destino se valió para hacerme caer en esa panadería, así que le pedí de inmediato que el tinto fuera doble y que me trajera la chicharrona más tostada que viera en la bandeja.

Una mogolla de piel morena y con trozos pequeños de chicharrón en su cabeza, llegó a mi mesa junto a un pocillo casi lleno y humeante. Agradecí, y sin quitarle los ojos de encima a la chicharrona me tomé dos cortos sorbos del café para espantar el frio de la tarde. Pensé en todo el tiempo que llevaba sin ver una chicharrona, pensé en lo provocativa que se veía y también pensé en todas esas buenas costumbres colombianas que dejamos perder por querer vivir vidas ajenas a las que nacimos. Pensé en cuantas chicharronas había dejado de comer por pedir el simple baguette o la exagerada donut. Le pegué el primer mordisco y sentí el traspasar de la capa de mogolla fresca y la capa del chicharrón crujiente; unas texturas que mezcladas son como el queso con bocadillo del tacto. Enseguida un olor de pan fresco con suspiros de chicharrón abrazó la mesa para hacerme perder en la dicha de estar vivo, de estar vivo y estar en Colombia, en Bogotá, en la mesa de esa panadería masticando los trozos de chicharrón seco y crujiente que rellenaban una deliciosa masa caliente recién salida del horno. No fui capaz de comer otra porque el amor por este pan es tan puro que jamás te llevará hacia los excesos. Agradecí a la señorita del tapabocas, y piropeándole la chicharrona de su panadería le agradecí el rico consejo que me había dado.

Salí a la puerta y ya no me importó que el aguacero siguiera siendo zendo. Me alisté para caminar. A mi casa llegué con la ropa mojada, con frio en los pies, con la dicha de haber vivido un intenso reencuentro con un antiguo y tradicional amor y con una bolsa con cuatro chicharronas que ya no estaban calientes, pero sí seguían frescas. ¡UN INVENTO QUE NOS RECUERDA EL PLACER DE SER COLOMBIANOS!

RECETA CHICHARRONA.

Ingredientes para 10 o 12 Panes

  • 500 gramos de harina de trigo para pan o strong white flour
  • 200 mililitros de leche
  • 100 gramos de mantequilla
  • 1/2 cucharadita de sal
  • 100 gramos de azúcar
  • 2 cucharadas de esencia de vainilla
  • 1 huevo batido o leche para glasear
  • 1 sobre de levadura seca
  • 100 gramos de tocino
  • 1 taza de agua
  • 1 cucharadita de bicarbonato de soda
  • 1 cucharada de aceite

  • 100 gramos de migas de pan.

  • Preparación:


    Cortamos el tocino en pedazos pequeños y los colocamos en una taza con agua y bicarbonato de soda, y los dejamos allí por una hora, luego los secamos y los freímos en una cucharada de aceite y cuando ya estén cocinados los retiramos a un plato con papel de cocina para quitarles el exceso de aceite. Dejarlos enfriar.

    A parte preparamos la levadura en 3 cucharadas de agua tibia y una cucharada de azúcar y los dejamos allí por unos minutos hasta que esponje un poco. Luego diluimos bien la lecitina en 5 cucharadas de agua. Ponemos la harina de pan en una taza y agregamos, el azúcar, la mantequilla, sal, leche, esencia de vainilla, la mezcla de levadura y la lecitina.

    Mezclamos hasta obtener una masa suave y luego amasamos en una superficie enharinada durante algunos minutos, hasta que esté suave y elástica. Ponemos la masa en una taza aceitada, la cubrimos con papel vinilo y la dejamos reposar en un lugar cálido durante 1 hora o hasta que haya doblado en tamaño.

    Amasamos de nuevo durante algunos minutos más y agregamos la masa en una superficie enharinada y cortar en 10 o 12 pedazos. Después tomamos cada pedazo y hacemos una bola pellizcando los bordes hacia adentro para cerrar.

    Luego con un rodillo aplanamos cada bolita de masa hasta obtener un círculo de 12 o 15 centímetros de diámetro. Los rellenamos con los chicharrones y luego cerramos el pan tomando dos extremos opuestos y presionándolos en el centro. Hasta que forme una especie de flor.

    Luego glaseamos con el huevo batido o leche y colocar un poco de migas de pan y chicharrón en cada uno para formar una corteza decorativa. Dejamos reposar los panes por 30 minutos antes de hornear. pre calentamos el horno a 180º Celsius y cocine por unos 15 minutos o hasta que estén ligeramente dorados.
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